25 de septiembre de 2010

Sangre

[Sonando: Uzzhuaia - La Sombra que te hace temblar]
[Libro: El Elfo Oscuro ]
[Serie: The Big Bang Theory 4x01 ]
[Juego: Kingdom Hearts. Birth By Sleep]


Cuando era pequeña, no recuerdo exactamente la razón, hicimos una actividad en el colegio en la que nos pidieron que hiciésemos una lista con las cosas que considerábamos más importantes de nuestra vida, ordenadas de mayor a menor. De primeras me pareció una estupidez, que no era asunto de nadie salvo mío, y algo que yo era incapaz de jerarquizar y mucho menos plasmarlo en un papel como una especie de verdad absoluta sobre mí misma. Bueno, supongo que con esa edad no pensé esas palabras, pero recuerdo esa sensación.
Pero también me preocupaba mantener mi expediente por todo lo alto, donde las únicas manchas eran algunos problemas de actitud, según todos los profesores que tuve desde entonces y hasta que terminé el instituto.
Así que tenía que hacerlo.

¿Y qué podía poner primero? Colocar la primera palabra en esa lista suponía dejar por debajo todas las demás.
Eché un ojo a las respuestas de mi compañera y alguno más. En todos ellos, la familia ocupaba el primer lugar, y parecía que era lo que tenía que ser.
Y yo consideré, que si lo ponía, estaba poniendo a miembros de mi familia por encima de mis amigas, o de, no voy a negarlo, desconocidos que me habían dado algo, como podía ser un escritor o un músico. No podía negarlo en ese momento ni lo hago ahora, hay amigos y personajes desconocidos que valoro mucho más que a todas esas personas con las que comparto un lazo de sangre o político.

A menudo mucha gente dice reconocer eso de que “La sangre no hace el cariño”, pero por otro lado afirman que hay cosas que se hacen por la familia que no se hace por nadie más, como algún tipo de sacrificio o, el ejemplo más claro suele ser, el préstamo de dinero. Lo siento pero es una soberana contradicción. Y mentira. Y muy muy hipócrita.

Hay miembros de mi familia de sangre a los que sólo veo en las bodas, bautizos y velatorios. No sé sus nombres, apenas recuerdo sus caras, ni a qué se dedican, ni qué parentesco exacto nos une. Y no me interesa en absoluto. Ni quiero que me inviten a sus bodas, es absurdo ir a celebrar un acontecimiento tan importante para las personas… si no las conoces de nada. Al margen de lo poco que me guste “arreglarme”.
Por supuesto, pero “hay que invitar a la familia”. Es que la absurdez rebosa por todas partes. No puedes invitar a todos tus compañeros de clase, porque… no, pero hay que invitar a la decimosexta tía por parte de padre a la que has visto dos veces durante dos segundos durante toda tu vida, porque si no, eres una malísima persona.

Hay miembros de mi familia más cercana a los que a menudo no puedo evitar odiar. No estoy hablando de berrinches momentáneos o desacuerdos que pueda tener con mis padres, luego hablaré más profundamente de ellos. Estoy hablando de llevar años aguantando un tratamiento humillante, teniendo que callarme porque “hay que respetar a nuestros mayores” y “No puedes pelearte con la familia igual que con un amiguito del cole, porque son tu familia, van a estar siempre ahí”.
Odio, odio, odio y odio esa … ¿Cómo puedo llamarlo? ¿Creencia?
¿Qué han hecho esas personas de mi familia por mí? ¿Por qué tienen que estar siempre ahí, por ser de la familia?
Además de hacerme odiar las reuniones familiares, a las que siempre llevo, desde muy pequeña, un libro o una consola, porque nunca jamás se me ha permitido participar en una conversación, a no ser que fuese con esa expectación pedante y soberbia de saber que si se tocan ciertos temas, y se me permite hablar, me enfadaré, y siempre es divertido verme enfadada.
¿De verdad eso es lo normal? ¿Lo que hay que asumir? ¡Pues no me da la gana!

Nunca he tenido demasiado claro si esto es lo normal en cualquier familia, o es que la mía es especialmente desagradable. Por supuesto que envidio a cualquiera que me diga que se lo pasa teta en las reuniones familiares. Ya me gustaría a mí no haber llegado nunca a estas conclusiones.
Pero lo que yo veo siempre son tiranteces, incomodidad, comentarios por la espalda, conversaciones sobre lo que se puede decir o no, delante de una u otra persona, casi como llevar un guión escrito, sabiendo que en realidad, nadie quiere estar ahí, alrededor de esa mesa, que todos lo cambiarían por hacer cualquier otra cosa. Pero no lo diremos en voz alta, no puedes reconocer ante la gente que tu familia te importa menos que tus compañeros de clase, los amigos que mantienes desde el instituto o un Sir inglés que padece de principio de Alzheimer.
En serio, si miro con perspectiva mi vida, por poner un ejemplo, Terry Pratchett, un escritor con el que jamás he cruzado una palabra, me ha dado más cosas y “más positivas” , y que en general, me han hecho más feliz y me han enseñado mucho más y mejor que casi todas las personas con las que comparto un lazo genético. O Chris Claremont, con el que sí he hablado, y recuerdo mejor y con muchísimo más cariño y emoción esas pocas frases que todas las cruzadas con algunos miembros de mi familia en más de 20 años. Y lo mismo puedo decir de cualquier músico o cantante cuyas canciones me digan algo. O un personaje de una serie de televisión, que puede haberme enseñado algo más que el callarme cuando los mayores hablan aunque no tengan ni idea de lo que están diciendo (y menudas barbaridades he llegado a escuchar) o por lo menos me ha hecho reir en lugar de llorar.
No me vale el “Pero es tu…”, ¿mi qué? no, lo siento, no es suficiente un nombre de parentesco, un cartel. Yo no lo he elegido, no tengo porque alegrarme por ello ni aceptarlo ni actuar en consecuencia.

Pero aquel día en clase, acabé poniendo la familia como primera en la lista, porque sabía que nadie aceptaría mi explicación. Y fue una de las primeras veces en las que me callé la verdad para evitar discutir y escandalizamientos varios. Aunque no lo dije en voz alta, tenía muy claro que esa palabra se refería a mis padres, punto.

Por otro lado, tengo la “suerte”, de tener una relación muy especial, en el mejor sentido de la palabra, con mis padres, cosa que no muchos pueden decir, según he podido comprobar. Así que en ningún momento he sentido ese vacío que dicen que solo la familia puede llenar.
Mis padres son mis padres, en el sentido biológico y menos importante de la palabra, pero también en el… llamémoslo verdadero, porque han actuado toda la vida como tal, preocupándose por mi educación y mi felicidad a partes iguales.
Y si ahora me dijesen “Oye Pic, que en realidad eres adoptada.”
Bueno, primero, por supuesto que no me llaman Pic en mi casa (pero sonaba más gracioso), de hecho dicen estar molestos porque les costó mucho encontrarme un nombre (eso es tener huevos) como para que ahora la gente me llame “3’14”.
Y segundo que la magia de la genética no puede negar que soy hija de mis padres.
Pero si eso fuese verdad, quizá me ofendería porque en 24 años hay mucho tiempo para decirlo, pero tampoco me preocuparía más. Padres son los que actúan como tal (a no ser que una desgracia lo haya impedido), no basta con darte la vida. En darte la vida se lo han pasado ellos mejor que nadie, no es suficiente para adjudicarse el título de padre.

Si las situaciones que se viven en mis relaciones familiares ocurriesen en un grupo de amigos, ese grupo ya no existiría, pero esto lo protege esa especie de misticidad familiar en la que, se justifica cualquier sacrificio.

Normalmente, todos hacemos una selección bastante exhaustiva para llegar a reunir unos amigos a quienes apreciamos, con quienes no sentimos a gusto en cualquier situaciones, en quienes confiamos ante todo. Pero se acepta la imposición de familiares que te amargan la existencia y hacen que te sientas fatal contigo mismo por pensar mal de ellos.

Es posible que me cueste entender gran parte de esos vínculos maravillosos por ser hija única. Crecí viendo como los hermanos se peleaban como cualquier amigo del cole, pero la diferencia estaba en que vivían en la misma casa, y a veces, incluso compartían habitación. Así que, las disputas, parecían resolverse porque no había otra opción. En cambio el mismo nivel de desacuerdo podía desencadenar en no volver a hablar con esa persona. Pero la magia de la unión sanguínea hace que puedas perdonar cualquier cosa. Es algo que no soy capaz de comprender, por mucho que lo vea. Mi madre dice que es algo que surge cuando has crecido con una persona, que no se puede explicar. Debe de ser eso. Igual es el mismo vínculo que tengo con mis padres, forjado a lo largo de mi vida y gracias al cual considero a un nivel distinto nuestras diferencias.