26 de septiembre de 2008

Un extraño entre nosotros




[Sonando: Coches en la calle]
[Libro: Bianca Pitzorno - Un extraño entre nosotros/ Carlos Puerto - Mi tigre es Lluvia]



Estoy volviendo a leer un libro que me compraron mis padres en una de nuestras vistas a Madrid cuando era pequeña. No recuerdo cuando fue exactamente, aunque el libro ponga para 12 años, yo siempre ignoré esas recomendaciones. Pero creo que fue la primera vez que estuve en una librería tan grande, La Casa del Libro. Y aluciné, quería quedarme a vivir allí, entre tantos libros.
Por alguna razón me había olvidado de llevarme un libro para aquel viaje, y, como aún me pasa hoy, soy incapaz de meterme en la cama y dormir sin leer, por mucho sueño que tenga.
Así que en un paseo visitamos la librería y, creo que fue mi madre la que lo encontró. Me enseñó muchísimo, es un libro escrito para niños e invitarles a reflexionar sobre convenciones sociales, costumbres y creencias estúpidas que todo el mundo tiene muy asumidas y de muchas, en mi inocencia e ingenuidad, me hizo darme cuenta. Y hoy en día sería el libro que recomendaría a cualquier niño.
Debería hacer una lista y hablar de todos los libros que me marcaron la infancia, lo añadiré a las mil cosas de las que quiero hablar aquí y que igual cumplo algún día.
Estoy segura de que he mencionado antes este libro, pero me apetece hacerlo a fondo.
Quiero comentar gran parte del libro, sin reventarlo exactamente pero quiero comentar todas las enseñanzas que contiene. Porque aunque ya seamos todos mayores, creedme que vale la pena leerlo.

Pero hoy toca “Un extraño entre nosotros” de Bianca Pitzorno.
Presenta un futuro no muy lejano en el que los viajes espaciales son algo muy normal y la Tierra tiene establecido una especie de contratos de intercambio con Deneb, un planeta situado en el sistema de la estrella más brillante de la Constelación del Cisne.
Entre ambos planetas, el viaje solo es posible cada 10 años y en el último astronabús que ha llegado a nuestro planeta, llega un invitado, Mo, un niño Denebiano que va a quedarse con un matrimonio italiano, los Olivieri diez años.
A lo largo del libro nos demuestran lo avanzados y civilizados que son en Deneb.
El problema, y la trama principal de esta historia, aparece cuando los señores Olivieri al ver a Mo, con su ropa extraterrestre, su ojos lilas y su pelo rubio largo, preguntan, extrañados, ¿Es un niño o una niña?.
Los denebianos tienen un desarrollo diferente al nuestro, mucho más lento. Ellos crecen en tres años lo que nosotros en uno. Pero la gran diferencia está en, precisamente la madurez sexual. No alcanzan la capacidad de reproducción o diferencias físicas hasta que cumplen los 50 años, así que aunque su sexo sí está determinado desde su concepción, no manifiestan ninguna diferencia.
Y no les preocupa, no es necesario saber si alguien es chico o chica mientras está creciendo, aprendiendo y conociendo el mundo. Ya se preocupará cuando tenga crezca y se haga mayor y si le apetece, formar una familia. A ningún denebiano le importa de qué sexo son los jóvenes, son todos iguales ante todo.
Pero para los terrícolas, eso es toda una desgracia. ¿Cómo van a saber cómo comportarse con la criatura si no saben si es un niño o una niña?
¿Qué ropa van a ponerle? ¿Qué juguetes van a regalarle? ¿Cómo van a decorar su habitación? ¿Qué tareas van a pedirle que realice en casa para ayudarles como una buena hija?
Como la autora, me referiré a Mo como “él” para no liarme.


Parecen aliviados al enterarse de que Mo, no es una especie de ser ambiguo e indefinido, si no que sus cromosomas indican claramente su sexo, y algunos laboratorios están capacitados para realizar un análisis de sangre denebiana que les resolverá el misterio y podrán tratar debidamente a su huésped.
Para los terrícolas es importante conocer el sexo de un hijo, incluso antes de comprobar que tiene todo en su sitio y está sano, que es de lo que se preocupan los denebianos.
“¿No querrás que a una niña le llamen Juan y se haga mecánico?” dicen como una broma graciosísima.

Mo se instala en su nuevo hogar. La habitación ha sido preparada para un chico, puesto que Mo suena masculino y en los contratos se hacía referencia a él con el género masculino, ya que en nuestro idioma no existe en realidad el género neutro que es el que usan los denebianos, que traducen como pueden.
Le han comprado barquitos, pósters de coches, un mapamundi, ropa de chico (que Mo considera muy sosa, los chicos terrestres nunca llevan colores alegres), etc.
Una de las pocas cosas que Mo trae de su casa es una muñeca hecha de piel, porque no quería separarse de ella, es uno de sus juguetes favoritos y cualquiera se llevaría al menos algo así como ancla de su hogar.
Esto vuelve a escandalizar a la mujer, Lucila, porque está claro que si juega con un muñeco es que es una niña, qué mala ha sido Mo por tenerles con la incertidumbre, fingiendo que ni sabe ni le importa a nadie su sexo. ¡Es una niña!
¿Por qué? ¿Qué relación hay? Pregunta Mo.
Pues porque las niñas juegan con muñecos para practicar, porque en un futuro serán madres y cuidarán de sus hijos.
Mo no puede creerlo, los niños juegan por jugar, para divertirse, no se tiene que aprender nada, ¡Son niños! ¿Por qué privar a nadie de un juego si le gusta, por su sexo?
Y su padre es un hombre pero cuida igual que su madre de él y sus hermanos, porque es su padre y les quiere.
Es como si los adultos se empeñasen en reducir y amargar la infancia de los niños.

Los Olivieri viven en un chalet de dos pisos, y viven en el superior. Debajo viven los Brandi. Las señoras son hermanas, y los Brandi tienen cuatro hijos.
En su primer encuentro con los dos hijos mayores, mellizos de 10 años (equivalente a los 29 de Mo), Catalina y Andrés, acaban tirados por el suelo pegándose, porque los niños son así. Primero reprenden a Mo porque a las niñas nunca se les debe pegar. Y el señor Olivieri, Nicolás, decide que, debe de ser un chico, porque son los chicos belicosos y suelen empezar peleas.
Todos están heridos de una u otra forma, con la nariz sangrando y las rodillas despellejadas, pero solo la niña recibe consuelo de su madre.
Pero los niños no son rencorosos, y pronto se sientan en el bonito jardín a hablar y jugar. Observando por las ventanas la vida de los dos matrimonios, Mo observa que mientras los dos hombres están sentados en un sillón, las dos mujeres se afanan en la cocina limpiando.
¿No han colaborado también los maridos en ensuciar los platos?
En Deneb tienen máquinas que les ayudan en estas cosas, pero las usan todos por igual, cuando deben hacerlo, quien mancha lo limpia.
Pero Catalina le explica que los hombres trabajan en la oficina o la fábrica, y están cansados, las mujeres se quedan en casa sin hacer nada… si limpian y lavan la ropa es porque les gusta, no es un trabajo, nadie les paga por ello.
Aquí discrepo ligeramente con el mensaje, no creo que se daba pagar un sueldo a las amas de casa(hubo polémica con esto hace unos años). Por ejemplo, mi madre tiene su trabajo, mi padre el suyo y yo “el mío”, y los tres colaboramos en casa. Deberían entonces pagarnos a los tres por eso.
Catalina insiste en que las tareas de la casa son más adecuadas para las mujeres.

La anfitriona de Mo nisiquiera puede considerarle una persona ya nacida e independiente, todo por no saber cual es su sexo, porque para los terrícolas el sexo define por completo a una persona.

Esta es una de las cosas que más rabian me dan de la sociedad, que nuestro papel en ella y nuestra forma de… existir está definido por nuestro sexo y ahora también, dicen, por nuestra orientación sexual. Los chicos y las chicas somos diferentes, se nos trata de forma diferente por el hecho de… diferenciarnos en un cromosoma. También se espera que actuemos de una forma concreta y diferente con los miembros del sexo opuesto o del mismo si somos homosexuales. Es estúpido.
Las chicas tenemos que ser súperfemeninas, preocuparnos por nuestro aspecto, la moda, mirarnos en todos los espejos y revisar nuestro peinado y maquillaje. Esto lo compruebo por ejemplo en la facultad. Cada vez que me estoy lavando las manos, siempre veo a otras chicas bien atentas a su reflejo, revisándose antes de volver al pasillo.
Todo esto, porque tenemos que ser atractivas, alegrarle la vista a los chicos a los que pretendemos ligarnos.
Esto suena muy muy extremista y sé que no es esto lo que ocupa con grandes letras luminosas la cabeza de las chicas, pero de alguna forma sí está ahí. Y me resulta muy estúpido.

Los señores Olivieri sueñan con que, una vez tengan los resultados del análisis y sepan el sexo de Mo, podrán, el uno enseñarle cosas de chico y la otra cosas de chica. Porque no son cosas intercambiales. A una niña no se le enseña mecánica ni se le lleva de pesca, y a un chico no se le enseña a coser para que sepa arreglar ropa o a cocinar.
Las chicas chismorrearán con su madre cuando crezcan y los chicos llegarán a ser incluso científicos.

Pero el único científico capaz de realizar el análisis necesario, está de viaje y tardará en volver, aunque pudiesen ponerse en contacto con el, como conocedor de las costumbres denebianas, no querrá darse prisa en volver para algo tan banal como definir un sexo.
Así que durante tres semanas, deberían quedarse con la incógnita.
Y deciden el gran absurdo, como necesitan que Mo pertenezca a un sexo u otro para poder tratar con él, deciden tomárselo a broma y fingir en los días impares que Mo es un niño y los pares, niña. Así de falso le resulta a Mo, porque cada día le tratan de forma muy distinta, cuando … ¡sigue siendo la misma persona!
Mo asiste a los distintos colegios, de chicos y chicas a los que acuden los gemelos (por recomendación de un psicólogo)

El libro también hace referencia a los fallos en la educación. Los denebianos pueden elegir al maestro (llamados Sabios) que les gusta y así, los que los que no le gustan a nadie, tienen que cambiar de profesión, porque no sirven para enseñar. Si en nuestro planeta se diesen cuenta de que no todo el mundo, por mucho que sepa, está capacitado para enseñar y transmitir conocimientos, todos seríamos mucho más felices e incluso aprenderíamos de verdad.
En el colegio, las niñas aprenden a hacer punto (y Mo piensa que a su padre, amante de los trabajos manuales, le encantará cuando vuelva a casa y se lo enseñe), se miran en el espejo, hablan de sus vestidos y joyas y lloran por nada. Menos una niña que disfruta saltando y jugando sin preocuparse de si su falda está torcida, y por alguna razón, no parece tener muchas amigas.

Mo se enfrenta a otros problemas, como su pelo, que es muy largo y por alguna razón, no puede ser cortado, se resiste, pero le suele tapar los ojos, así que decide recogérselo con una cinta. Pero los niños no llevan cintas en el pelo.
Y como aún no saben su sexo, no pueden proponerse en serio un corte, porque las niñas, si llevan el pelo corto, ¡nunca demasiado! (pues deberían haberme visto a mí)
¡Menudo problema!
Los chicos se ofenden si les preguntan si saben hacer punto, pueden salir solos a la calle y volver sin dar explicaciones, las niñas no. Y eso que los mellizos tienen… la misma edad.

También se habla de otros dos niños en la historia, un niño y una niña, hermanos menores de los gemelos, ambos son ese tipo de niño que tanto me gusta, ya sabéis, tan sabidillos y prepotentes, que conocen perfectamente como funciona todo aunque los adultos crean que no, se aprovechan y te miran descaradamente demostrando que son conscientes de todo.
Pero a la madre y la abuela (porque ya sabéis, los padres no se encargan de los niños pequeños), solo les preocupa corregir a la niña, al niño se le conceden los caprichos, que pegue y muerda a sus hermanas (problema suyo si se meten a jugar a juegos de chicos) etc.

Mo a pesar de todo, prefiere a esta niña pequeña, porque es activa y juega, y no se limita a comportarse “como una señorita” como su hermana mayor, si no que se rebela ante el trato preferente hacia su hermano. Pero los adultos interpretan su acercamiento a una niña pequeña como un síntoma de feminidad, aunque no le hiciese tanto caso al niño pequeño y “adorable” que a todas las mujeres les parece taaaan mono. A Mo le parece que no es más que un niño mimado insoportable, por esto, cuando tiene que cuidar de él, no le concede los caprichos y deciden alejarlos.

A lo largo de la historia, Mo aprenderá cosas de chicos y de chicas. Y adelantaré que al final sí se confirma su sexo. Pero no lo diré, la verdad es que me haría mucha ilusión que alguno de vosotros me viniese un día pidiendo el libro.
Imaginad el escándalo que provoca en todos los adultos, porque a pesar de pertenecer a un sexo concreto, conoce y hace cosas de ambos.
¿Qué madre enseña a su hijo a hacer punto? ¿Qué chico es capaz de cuidar de un niño pequeño? ¿Qué padre es capaz de enseñar a su hija a conducir?
También será sometido a análisis psicológicos con la intención de conocer antes su sexo, porque según los expertos, somos diferentes, actuamos de forma diferente, tenemos diferente psicología.
Otro pasaje que recuerdo muy bien y suelo comentar a la gente es que si a una chica le lanzas algo a las piernas estando sentada, las abrirá por instinto (y esto ha sonado fatal) por la costumbre de llevar falda, y porque esta recogerá el objeto y un chico cerrará las piernas. Mo se aparta. También se supone que nos miramos las uñas de forma distinta(el gesto de la mano), Mo decide mirarse sólo la uña del pulgar, porque son todas iguales, rompiendo los esquemas preparados del experto psicólogo.
Los niños deciden después aplicar estos tests a todos los adultos y ninguno responde a la supuesto psicología de su sexo.

Espero que nadie se confunda y detecte absolutamente todo el sarcasmo que he utilizado, porque el libro está contado así y desde el punto de vista inocente y sobretodo, no carcomido por la sociedad terrícola, de Mo, para quien, lo que digan los médicos sobre su sexo no hace cambiar su personalidad, su mente, nisiquiera una mínima parte de su cuerpo.

No voy a contar el libro entero, aunque lo parezca,
Pero no quiero terminar sin hablar de mi personaje favorito, que curiosamente se llama Ana. Es la hermana menor de las dos mujeres y considerada la oveja negra.
¿Por qué?
Porque ya tiene veinticinco años y no es una persona seria, que vive sola, sin haberse casado, que estudia demasiado (que no es bueno para una mujer y se arrepentirá), que esta desperdiciando su juventud con libros en lugar de buscar un marido. Y nunca va a pasear, a bailar o a una peluqueria, si no que trabaja en un observatorio astronómico y asiste a conferencias…
No va maquillada ni lleva tacones, lleva ropa sencilla y siempre se ríe.
Cuando anuncia que va a casarse con su novio, la exclamación es “la oveja ha vuelto al redil”, y consideran que hasta ahora ella estaba fingiendo que no le importaba casarse, porque no había conocido a su novio, Marcos, otro personaje genial, también alegre y un apasionado escritor.
A ella le parece divertido el asunto del sexo de Mo, aunque le pregunta si le está siendo muy difícil.
Y las mujeres de la familia afirman que cuando se case, se olvidará de sus telescopios, de su sueño de filmar la cola de un cometa, de su trabajo y sentará la cabeza como mujer que es.
Una parte que aún recuerdo es la aparición de una foto de Carnaval en la que Ana se viste de hombre y Marcos de mujer. Esto escandaliza a las dos mujeres.
Porque es hasta comprensible que una mujer se vista de hombre, porque así se creen más fuertes y decididas, pero que un hombre se vista de mujer es degradante.
He de decir, que hacia el final, me pasó cuando lo leí y me ha vuelto a pasar ahora, estuve muy cerca de llorar y lanzar el libro contra la pared, porque Ana me decepciona bastante, quizá porque la autora no da muchas explicaciones sobre ella.


Vale, voy a dejarlo ya.
Hace poco mi padre le prestó algunos de los libros que tenemos en casa y yo leí de pequeña a uno de mis primos. Ya sabéis, a todos nos han mandado leer al menos un libro por trimestre en el cole. A mi solo me daba rabia que me lo eligieran ellos, porque antes la fantasía, mi género favorito, no estaba de moda y no me solían gustar los libros que proponían. Pero por supuesto que yo leí mucho más que tres libros al año.
Inmediatamente pensé en este libro y en otros que me gustaría comentar.
Pero mi primo es un niño que no lee ni siquiera los textos de los videojuegos, que cuando juega a un juego de lucha, coge al tipo que más espacio ocupe en la pantalla porque de seguro con ese se gana(menuda paliza le dio entonces Psylocke a mis manos a Juggernaut), que flipó cuando yo, una chica, fue capaz de avanzar más que él en un juego de plataformas, etc etc etc
Yo a su edad ya me había paseado por ahí con un libro de 400 páginas, Los Perros de la Mórrigan, del que ya hablé y tanto me gusta.
No sé si podéis imaginar lo frustrante que fue que mi madre me recordara esas cosas antes de que me levantase a buscar el libro. No lo entendería, ni siquiera lo terminaría. Y por supuesto no aprendería nada.
Y crecerá creyendo a pies juntillas las mil absurdeces que se critican en esta historia que a mí me enseñó tanto.

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