17 de septiembre de 2008

Luna Roja - Aullido I




[Libro: Enid Blyton - Los Cinco Junto al Mar]
[Comic: Hellboy]
[Juego: DS - The World Ends With you]





Este está siendo un principio de curso extraño. Esta semana tengo muy pocas horas de clase, porque tengo pocas asignaturas y aún no hemos empezado las prácticas. Aún así, me estoy volviendo loca intentando cuadrar horarios de tres cursos diferentes con compañeros para no ir sola y sobretodo poder asistir a todo.
Y no es fácil, esta carrera está montada para la gente extraordinaria que es capaz de hacer un curso cada año, los qu etenemos pendientes, nos tenemos que buscar la vida.

Además, me he decidido por fin a dejar de sentirme tan oxidada y enfermiza, ahogándome con cada mínimo esfuerzo físico, a destrozar la ropa solo con ponérmela, con lo que me cuesta encontrar la que me gusta.
Me he puesto a régimen y apuntado a un gimnasio con mi madre. Es agotador, estoy dolorida y echo de menos la cocacola y las patatas fritas.
Pero no voy a rendirme.

Así que, metamos un poco de relleno.
El otro día reescribí de nuevo y voy a postear de nuevo el relato inicial de los licántropos. Ya dije que cuando lo escribí tenía otros planes y ahora había cosas que no me gustaban. Ha cambiado poco, pero no os cuesta nada echarle un ojo.

- ¡Se ha hecho tardísimo! ¡Mis padres van a matarme! – exclamó asomándose por la pequeña ventana del local de ensayo, encontrándose con que ya era noche cerrada, y el cielo estaba lleno de nubes. Solo le faltaba que se pusiese a llover.
Todos se apresuraron a recoger sus instrumentos y mochilas para salir corriendo mientras ella, conociendo a sus padres, empezó por sacar su teléfono móvil del bolsillo para pedir disculpas y decir que llegaría enseguida, así podía ahorrarse una buena bronca o incluso un castigo.
No le esperaron tras despedirse hasta el día siguiente, nunca lo hacían, porque de todas formas tomaban caminos opuestos para volver a casa, los demás en sus coches y ella en su bicicleta, era el mayor inconveniente de ser la única del grupo que aún iba al instituto.
Salió a la calle y sintió el frío invernal en la cara, sonriendo complacida.
Después pasó a sentirse algo nerviosa, nunca habían terminado tan tarde, por eso nunca había supuesto un problema volver sola a casa. Pero nunca había estado tan oscuro.
Sacudió la cabeza, diciéndose a si misma que no fuese tonta, que ni siquiera era tan tarde, solo había oscurecido temprano como es normal en invierno y en cuanto saliese a la carretera vería un montón de coches con sus lucecitas.
Pero allí, en medio del polígono industrial, todo estaba oscuro y silencioso.
Caminó hacia su bicicleta, ató su guitarra en el portaequipajes trasero, abrió la cadena de seguridad y montó, entrando en el carril bici, empezando a tararear una canción para olvidarse del silencio reinante.
El silencio se tragó la canción.

Sentía la necesidad de llegar donde hubiese más gente, se sentía observada, su mente se nubló, le recorrió una horrible sensación de malestar. Quizá tenía fiebre.
Pedaleaba con todas sus fuerzas, pero no debían de ser muchas, porque avanzaba lentamente, como si pedalease dentro de agua.
Su cabeza estaba embotada, solo podía oír sus propios latidos y respiración, mientras intentaba contener las ganas de vomitar.
Tan concentrada estaba en avanzar y alejarse de allí que la bicicleta se salió del camino y ella acabó en el suelo. El golpe la devolvió al mundo real y al levantarse se dio cuenta de que no conocía aquella carretera, nunca había estado allí.
¿Se había confundido de camino? ¡Imposible! ¡Sólo había uno!
Conteniendo las ganas de vomitar, recogió la bicicleta y decidió continuar caminando, aunque tardase mucho más.
-Maldita sea – se atrevió a romper el silencio, dándose cuenta que la bicicleta al caer no había emitido sonido alguno.
Consiguió volver al carril bici y buscó alguna señal, un árbol, algo que le ayudase a saber dónde estaba.
Nada. Se inclinó sobre si misma, agarrándose el estómago al sentir una arcada. Pasó unos segundos paralizada
Silencio.
No era solo el miedo por estar allí sola, era el silencio lo que parecía estar ahogándole. ¿Por qué nada parecía producir ningún sonido?
Caminaba mirando hacia el suelo, así evitaba imaginarse sombras que se mueven y desaparecía un poco el miedo.
Una nueva arcada.

Cuando levantó la mirada, no vio la carretera, si no una montaña de algo que parecía pelaje, pero lleno de calvas, como un césped mal cuidado. También distinguió enormes heridas y sangre que chorreaba…
Levantó la cabeza, sintió una respiración caliente y fétida sobre su cara.
Temblaba, dejó caer la bicicleta, pero no se movió.
Había aparecido ante ella un monstruo de casi 3 metros. Si hubiese pasado alguna palabra por su mente en blanco en ese momento habría sido “podrido”. Le recordaba a las películas en las que aparecía el big-foot, un enorme hombre peludo.
Pero este tenía además de unas garras de las que goteaba sangre, una escalofriante cabeza de lobo, a la que le faltaba un ojo, con una cicatriz horrenda.
La miraba fijamente, babeando.
Le pareció incluso que se reía.
Seguía reinando el silencio, así que no le costó darse cuenta de que tras ella, se escuchaban por lo menos dos jadeos más. Estaba rodeada.

El viento decidió justo ese momento para apartar las nubes que cubrían la luna llena, dejando que su luz cayese sobre ellos. Nunca había imaginado que tuviese tanta luz.
Pero quizá hubiera sido mejor no descubrirlo en ese momento, porque contribuyó a aumentar su miedo, al distinguir por completo al ser que tenía delante.

Gritó, aterrorizada, y pudo moverse. Claro que en se momento a una persona no se le ocurren muchos movimientos eficaces y sólo acertó a levantar los brazos, interponiéndolos entre ella y el ser.
Y odió a la luna.
Gracias a su luz, pudo ver que en sus brazos había comenzado a crecer un espeso pelaje. Sus manos empezaron a crecer, ante sus ojos, formando unas espeluznantes garras.
El cerco a su alrededor se cerraba poco a poco, el olor se volvió insoportable hasta el mareo.
Cayó al suelo, mareada. Y pudo ver que no eran sólo sus brazos, sus pantalones estaban hechos trizas, y bajo los restos de tela, sus piernas estaban cubiertas por el mismo pelaje, y sobre los restos de sus zapatillas, sus pies también habían desaparecido dejando paso a miembros animales.
Volvió a mirarse las manos – perdón, garras- que parecían tener carteles luminosos que indicaban “armas”. ¿Y para qué se utilizan las armas? ¡Para defenderse por ejemplo!

Ni siquiera lo pensó, se lanzó sobre el monstruo, con las garras por delante. Él se apartó, con una carcajada.

-En ese estado es como sois más divertidos – gruñó, girándose hacia ella, que se levantaba del suelo.
Su voz sonaba como un chirrido oxidado que le puso todo el pelaje de punta.
Pudo ver que eran 4. Tenía que huir. Pero algo le decía que aquellos seres eran como una enfermedad que debía ser eliminada, que ella debía librar al mundo de esas aberraciones.
No podía resistirse al instinto de eliminarlos, todo razonamiento lógico sobre número, tamaño o fuerza se extinguió.
Pero cuando iba a lanzarse contra ellos, una sombra se movió velozmente sobre los 4 monstruos y los 3 que habían estado a su espalda, cayeron al suelo con una exclamación agónica. Antes de terminar de caer, comenzaron a desaparecer en volutas de humo negro.



La sombra avanzó hacia la zona iluminada por la luna.
Era un chico no mucho mayor que ella, y mientras andaba, los rasgos animales, como el pelaje desaparecían poco a poco, hasta parecer totalmente normal.
Le inspiró seguridad, supo que había venido a salvarla, con ese gesto sereno, como si no hubiera pasado nada.
Se acercó al que aún quedaba, el que se había plantado ante ella y parecía el líder.
- Apártate de ella, escoria - prácticamente escupió, desenfundando una larga espada oculta bajo su gabardina.
Se enzarzaron en una encarnizada pelea, pero ella no la vió, solo quería alejarse de allí, así que echó a correr, con la intención de llegar así a su casa y esconderse bajo las mantas de su cama.
Pero no sabía donde estaba y un intenso dolor le recorría el cuerpo, no tenía ni idea de hacia donde corría, salió de la carretera y se internó en una oscura pinada. Sólo movía las piernas y caía una y otra vez, se arrastraba e intentaba seguir avanzando.
Si se alejaba lo suficiente, nada de aquello habría pasado, era lo único que conseguía pensar.

Alguien le seguía, no sabía como lo sabía, porque no se oían pasos, pero lo sabía.
Se giró, con lágrimas en los ojos y chilló a la oscuridad.
- ¡DÉJAME EN PAZ!
- Por favor, tranquilízate, no voy a hacerte daño – el chico de la gabardina salió de la sombra de un árbol – siento haberme retrasado, si hubiese llegado a tiempo ni te habrían rodeado, pero has sido muy valiente.
Hablaba con un acento extraño.
Todo le daba vueltas.
-¿Qué eran esas cosas? ¡¿Qué… qué me ha pasado..?!
- Tranquila, ya no están… ¿Quieres que te la preste? – preguntó él empezando a quitarse la prenda de abrigo.
Ella no comprendió hasta que miró hacia abajo y comprendió que en la carrera había perdido los últimos jirones de su ropa.
Mientras tanto él se había acercado y antes de que pudiese reaccionar se la había puesto sobre los hombros.
- ¡NO! ¡Aléjate de mí!
El chico suspiró y se sentó, cruzando las piernas y con la espalda muy recta.
- Quiero explicarte lo que acaba de suceder, estoy aquí para eso, si no quieres acercarte, puedo hacerlo desde aquí, pero tienes que calmarte. Aunque, no deberíamos perder más tiempo o tendrás problemas con tus padres. No creo que quieras contarles nada de esto.
- dijo calmadamente, dejando con suavidad las manos sobre sus rodillas, sin dejar de mirarla a los ojos.
Ella miraba hacia todas partes a la vez, sujetando la gabardina con sus brazos con fuerza hasta que giró la cabeza bruscamente.
- ¿Cómo sabes que tendré problemas? ¿Qué sabes tú de mí?
- Por eso quiero explicártelo todo, explicarte porqué llevo un par de años al cargo de tu vigilancia.
- ¡¿Me has estado siguiendo?!
- Para protegerte de lo que te ha atacado, para enseñarte lo que eres, una vez llegado el momento, que ha sido esta noche.
- Esto es una locura… no sé qué ha pasado pero tú estás loco y yo me voy a mi casa.
- Volverán a atacarte, te perseguirán hasta matarte. Sabes que lo que has visto es real, piénsalo, lo sabes.

Se quedó plantada, dándole la espalda. Ahora todo parecía muy irreal, como un sueño, pero al mismo tiempo, su cuerpo vibraba, como emocionado por haber sufrido esa transformación, y le pedía que volviese a hacerlo.
- ¿Qué me ha pasado?
Él suspiró.
- En realidad ya lo sabes, pero no te atreves a decirlo en voz alta. Eres una mujer lobo, Luna, una licántropo, lo has sido siempre, pero no se manifiesta hasta la adolescencia. En realidad te has retrasado un poco y tuve miedo de que al final no lo fueses…

Por un momento su cabeza se llenó de preguntas, la mayoría sobre como sabía su nombre, o si estaba loco, o pensaba que era tan tonta como para creérselo, pero de alguna forma, en realidad ya conocía las respuestas. Se giró y caminó hasta sentarse frente a él, cuidando que la gabardina la tapase lo máximo posible.

-¿Y quienes eran esos?
- Es muy largo de explicar, supongo que son nuestros enemigos naturales. Son licántropos y todo tipo de bestias cambiantes que han sido corrompidos. Tienes mucho que aprender.
- ¿Y tú vas a enseñarme? Ni siquiera sé quien eres…no entiendo nada de todo esto…
- Kiiroshi
- ¿Cómo?
- Mi nombre es Kiiroshi.
Luna le miró por primera vez de cerca y con tranquilidad. Definitivamente era oriental, con los rasgos característicos y los ojos rasgados. Aunque estos eran de color amarillo, como los de un lobo. Era lo único inquietante de su apariencia humana, ni siquiera podía ver ahora la larga espada.
También tenía el pelo muy fino y liso, largo y suelto sobre los hombros.
No le había visto sonreír y era incapaz de imaginárselo, permanecía serio.
- Sí, soy japonés – asintió al ver como ella recorría sus rasgos con la mirada – tienes que volver a casa, buscaremos tus cosas, creo que podré hacer algo con tu ropa…
- ¿Volver a casa? ¿Después de lo que ha pasado?
- Tus padres estarán preocupados, mañana cuando salgas de clase podré contártelo todo con la tranquilidad necesaria – se levantó y le ofreció un brazo que ella ignoró.
Caminaron en silencio hasta donde seguía tirada su bicicleta, un trayecto muy corto, para lo que creía haber corrido, no parecía que allí hubiese pasado nada.
- Hablaremos mañana – dijo cogiéndole suavemente por el hombro.
Entonces hizo algo insólito, algo que en un primer momento aterrorizó a Luna y después la reconfortó, haciendo que una extraña calidez brotara de su pecho y la envolviese. No se dio cuenta de que se estaba quedando dormida.
Kiiroshi miró a la luna y aulló. Solo algunos de sus rasgos parecieron cambiar ligeramente en ese momento pero el aullido era claramente el de un lobo. Una luz blanca les rodeó.

Luna despertó en la parte trasera de su casa, completamente vestida, sin la gabardina, con la bicicleta a su lado, perfectamente atada.
Se levantó del suelo y sacudió la cabeza, pasándose la mano por la enredada melena rojiza, aún mareada por el extraño viaje.
Intentó olvidar lo que había pasado, cogió su guitarra y ando a zancadas hacia la puerta, esperaba no estar llegando muy tarde.
Pero en las ventanas vio reflejada la luna y aunque intentó rechazarla, la sensación que la inundó solo parecía decir una cosa clara: todo era verdad.

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