12 de marzo de 2007




[Sonando: Warcry - Mirando al mar ]
[Libro: Katherine Patterson - Un Puente hacia Terabithia]
[Comic: Fábulas - Tierras Natales / Col. X-Men 2 #32]
[Anime: Bleach #118]




Antes de que pudiese darse cuenta, había caído la noche. Tan concentrada estaba en el juego que no advirtió que hacía rato, lo único que iluminaba el campo era el inmenso panel de focos del polideportivo.
¡Pop!
-¡Tengo que irme ya! ¡Se ha hecho muy tarde!
¡Pop!
-¡Claro claro, venga si sólo me falta un juego para ganarte!
¡Pop!
-Hablo en serio, te recuerdo que no vivo precisamente aquí al lado.
¡Pop!
Dio una zancada y en lugar de alzar la raqueta para golpear, atrapó la pelota con la mano izquierda.
-¿Pero no ves la hora que es? Tú también vas a tener problemas si no lo dejamos. Mañana te prometo asumir mi derrota.

Su compañero miró distraído el reloj, volvió a bajar el brazo. Dos segundos después, volvió a mirarse la muñeca en una especie de espasmo nervioso y salió corriendo, apenas sin parar para coger la mochila. En unos segundos lo perdió de vista.

-Al menos él sólo tiene que llegar a la residencia de estudiantes… espero que le de tiempo a llegar antes del toque de queda o tendrá que dormir en la calle…. –murmuró la chica mientras recogía apresurada las pelotas de tenis repartidas por la pista y las guardaba en la bolsa de deporte, junto con la raqueta.
Miró a su alrededor, al comprobar que estaba completamente sola, en un rápido movimiento cambió su sudada camiseta por una limpia y se puso la chaqueta, temblando de frío. Después agarró la bolsa y se dirigió a la única bicicleta que aún estaba allí atada.

Sí… estaba completamente sola. Se soltó la coleta y pasó los dedos por la larguísima melena rojiza para volver a recogerla, mucho más firmemente.
Giró bruscamente la cabeza, creyendo haber visto moverse las sombras de las farolas apagadas.
De pronto todo parecía más tenebroso, y un escalofrío desagradable recorrió su espalda, mientras sentía encresparse todo el vello de su cuerpo y el pelo de la nuca.
Comenzó a tararear una canción para apartar de su mente la idea de que estaba completamente sola allí. El silencio se tragó la cancioncilla.
Llevó la bicicleta hasta el carril bici y pedaleó todo lo rápido que pudo. Tenía que llegar a la carretera principal, donde aún circularían montones de coches, y gente, sobretodo gente.
Nunca antes se había sentido así, a pesar de que no era la primera vez que vivía esa situación, quedarse sola en el polideportivo. Pero esta vez se sentía observada, incluso perseguida. ¿Qué sentido tenía?
Le obsesionaba la idea de llegar donde hubiese más gente y su mente comenzó a nublarse, como si estuviese en un sueño, en el que todo ocurría más lentamente y las formas perdían toda definición.
Pedaleaba con todas sus fuerzas, que no eran muchas. No sólo por haberse pasado toda la tarde corriendo de un lado a otro en la pista de tenis, de pronto se sentía muy cansada, como si alguien hubiese metido varios sacos de arena en su mochila y le costaba tanto avanzar que tenía la impresión de estar pedaleando en una piscina llena de barro.
Y pronto lo estuvo. Tan concentrada en avanzar, no pudo evitar que la bicicleta acabase en la acequia.
El golpe y el agua maloliente de la devolvieron al mundo real.

¿Qué estaba pasando?
Al menos no se había hecho daño con la caída, pero habría que oir a su madre cuando viese la ropa llena de barro.
Se levantó pesadamente, mirando a su alrededor. No reconoció el lugar.
¿Cómo era posible? ¿Se había equivocado de camino? ¡Pero si no había más de uno!
Colgó la bolsa, ahora mojada, con un gruñido en su hombro y levantó la bicicleta. Empezaba a sentir náuseas. Perfecto, tanto ejercicio había conseguido cortarle la digestión.

-Maldita sea – se atrevió a romper el silencio, dándose cuenta que la bicicleta al caer no había emitido sonido alguno.
Consiguió volver al carril bici y buscó alguna señal, un árbol, algo que le ayudase a saber dónde estaba.
Nada. Se inclinó sobre si misma, agarrándose el estómago al sentir una arcada. Pasó unos segundos paralizada.
-Tonterías- murmuró sacudiendo la cabeza – estoy cansada, el exámen ha sido duro y llevo toda la tarde intentando descargar nervios, después de pasarme una semana casi sin dormir. Seguro que estoy en el camino correcto, las carreteras no se mueven a placer…
Volvió a subirse a la bicicleta y continuó avanzando. No se percató de que la cadena no emitía chirrido alguno, ni tampoco el agua que iba cayendo sonaba de ninguna forma.

Miraba hacia el suelo, así evitaba imaginarse sombras que se mueven y desaparecía un poco el miedo.
Pero...¿de qué tenía miedo? ¿Había acabado por creerse que en cada esquina acechaba un violador y un par de drogadictos con mono?
Sonrió al imaginarse un par de yonkis con dos monos sentados en los hombros.
Una nueva arcada.

Cuando levantó la mirada, no vio la carretera, si no una montaña de algo que parecía pelaje, pero lleno de calvas, como un césped mal cuidado. También distinguió enormes heridas y sangre que chorreaba…
Levantó la cabeza, sintió una respiración caliente y fétida sobre su cara.
Temblaba, dejó caer la bolsa y la bicicleta, pero no se movió.

Había aparecido ante ella un monstruo de casi 3 metros. Si hubiese pasado alguna palabra por su mente en blanco en ese momento habría sido “podrido”. Le recordaba a las películas en las que aparecía el big-foot, un enorme hombre peludo.
Pero este tenía además de unas garras de las que goteaba sangre, una escalofriante cabeza de lobo, a la que le faltaba un ojo, con una cicatriz horrenda.
La miraba fijamente, babeando.
Le pareció incluso que se reía.
Seguía reinando el silencio, así que no le costó darse cuenta de que tras ella, se escuchaban por lo menos dos jadeos más. Estaba rodeada.

El viento decidió justo ese momento para apartar las nubes que cubrían la luna.
La luna llena iluminó la zona. Nunca había imaginado que la luna tuviese tanta luz.
Pero quizá hubiera sido mejor no descubrirlo en ese momento, porque contribuyó a aumentar su miedo, al distinguir por completo al ser que tenía delante.

Gritó, aterrorizada, y pudo moverse. Claro que en se momento a una persona no se le ocurren muchos movimientos eficaces y sólo acertó a levantar los brazos, interponiéndolos entre ella y el ser.
Y odió a la luna.
Gracias a su luz, pudo ver que en sus brazos había comenzado a crecer un espeso pelaje. Sus manos empezaron a crecer, ante sus ojos, formando unas espeluznantes garras.
El cerco a su alrededor se cerraba poco a poco, el olor se volvió insoportable hasta el mareo.
Cayó al suelo, mareada. Y pudo ver que no eran sólo sus brazos, sus pantalones estaban hechos trizas, y bajo los restos de tela, sus piernas estaban cubiertas por el mismo pelaje, y sobre los restos de sus zapatillas, sus pies también habían desaparecido dejando paso a miembros animales.
Volvió a mirarse las manos – perdón, garras- que parecían tener carteles luminosos que indicaban “armas”. ¿Y para qué se utilizan las armas? ¡Para defenderse por ejemplo!

Ni siquiera lo pensó, se lanzó sobre el monstruo, con las garras por delante. Él se apartó, con una carcajada.

-En ese estado es como sois más divertidos – gruñó, girándose hacia ella, que se levantaba del suelo.
Su voz sonaba como un chirrido oxidado que le puso todo el pelaje de punta.
Pudo ver que eran 4. Tenía que huir. Pero algo le decía que aquellos seres eran como una enfermedad que debía ser eliminada, que ella debía librar al mundo de esas aberraciones.
No podía resistirse al instinto de eliminarlos, todo razonamiento lógico sobre número, tamaño o fuerza se extinguió.
Pero cuando iba a lanzarse contra ellos, una sombra se movió velozmente sobre los 4 monstruos y los 3 que habían estado a su espalda, cayeron al suelo con una exclamación agónica. Antes de terminar de caer, comenzaron a desaparecer en volutas de humo negro.

- Je – rió la sombra – cada vez es más fácil. Avanzó hacia la zona iluminada por la luna. Era un chico no mucho mayor que ella, y mientras andaba, los rasgos animales, como el pelaje desaparecían poco a poco, hasta parecer totalmente normal.
Tenía el pelo largo, de color castaño claro y los ojos rasgados, de color amarillo.
¿Había dicho totalmente normal? ¿Qué persona tiene los ojos amarillos?
Y a pesar de eso, le inspiró seguridad, supo que había venido a salvarla.
El chico sonreía alegre, como si no pasase nada.
Se acercó al que aún quedaba, el que se había plantado ante ella y parecía el líder.
-Cada día sois más feos, escoria – prácticamente escupió, desenfundando una larga espada oculta bajo su gabardina.
Ella retrocedía, apartándose, y lo último que vió antes de desmayarse fue la encarnizada pelea en la que se enzarzaron los dos.

Soñó con aullidos que le resultaban familiares. Soñó con un extraño lugar, muy hermoso, lleno de vida, que moría poco a poco, como deshaciéndose con el calor.
Y cuando despertó seguía en el mismo sitio. El chico estaba sentado a su lado, cruzados de brazos y piernas, meditando.
Abrió los ojos y la miró con una sonrisa de oreja a oreja.
-Siento haberme retrasado, si hubiese llegado a tiempo ni te habrían rodeado. Pero has sido muy valiente, preciosa.
Todo le daba vueltas.
-¿Qué eran esas cosas? ¡¿Qué… qué me ha pasado..?!
Se dio cuenta de que la cubría la gabardina del chico y bajo ella no llevaba nada, su ropa estaba destrozada. Intentó sentarse, pero le dolía todo el cuerpo.
-Es demasiado largo y complicado como para explicártelo aquí. Te llevaré a un lugar más seguro y te lo explicaré todo, podrían venir más.
-¿Más? ¿Existen más como ellos?
-Existen demasiados como ellos. Pero ahora lo que más debe preocuparte es comprender lo que eres realmente y de dónde vienes.
Por que ellos vienen a por nosotros, nos han perseguido desde hace siglos.
-¿Nos persiguen?
-Sí, a los licántropos.

Durante unos segundos reinó el silencio. Pero era un silencio agradable, el que formaban los movimientos de las ramas de los árboles, los insectos…
Entonces el chico echó la cabeza hacia atrás, mirando a la luna llena y aulló como haría un lobo.
Debería haberse asustado, pero lo encontró reconfortante, a pesar de lo que acababa de decir.

Tras el aullido, un rayo de luna pareció solidificarse, formando un pequeño arco con un camino plateado entrando en él. Pero no continuaba al otro lado.
-Vamos pequeña.
La ayudó a levantarse y a caminar a través del arco.

-¿Has dicho licántropos?
-Es una de las formas en las que nos llaman. Siempre te has quejado de lo aburrido y normal que es el mundo ¿no? ¡Pues esto es muy divertido!
-¿Có…. Cómo sabes eso?
-Hace un par de años que me encargaron tu vigilancia… bueno, será mejor que te explique todo desde el principio. Pero primero vámonos de aquí y busquemos algo para ponerte, no te lo tomes a mal, pero mi gabardina es mía.

Desaparecieron en la luz del arco, que después se desvaneció poco a poco, fundiéndose con la oscuridad.


Creo que algunos ya habían leído este relato, la verdad es que lleva mucho tiempo escrito. Pero después de pasarme el fin de semana inclinada sobre la mesa haciendo gráficas y escribiendo la memoria de prácticas de microbiología, me ha venido la urgencia de revisar algo creado por mi y sin estropearlo yo misma, o al menos creo que no es tan horrible.
Porque después de todo el trabajo, después de encuadernarlo, cuando estoy recogiendo la mesa, me encuentro una gráfica que debía estar en la memoria. He vuelto a escribir e imprimir el índice para añadirla, y me he comido los números. Lo he vuelto a hacer y lo he encuadernado.
Y aún así, creo que no la he dejado donde debía y si se entrega tarde, no cuenta, suspenso en prácticas, suspenso en la asignatura.
Soy genial cagándola en lo más sencillo. Ahora decidme que me cabreo por nada, venga.

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