23 de octubre de 2004

Debió haber sido un día bonito, maravilloso y alegre. No lo fue.
Estaba nublado, en realidad, eso era lo bueno. Adoro los días nublados. Sólo me faltaba un sol abrasador en la larga caminata de vuelta a casa.
Llegué empapada.
Entonces pienso en cierta persona que habría abierto un poco más los ojos y habría sonreído ante la mención de un simple número. Aunque dijera que no me gustaba, siempre sonreía cuando alguien decía la palabra mágica, porque sabía perfectamente lo que iba a pasar a continuación.
Es genial saber lo que va a pasar a continuación.
Y ayer, entre otras muchas cosas, recordaba esas escenas, después de tanto tiempo.

He llegado a pensar que las personas que aparecen en tu vida en los momentos cruciales, sólo son temporales.
Imaginad que reconstruís vuestra vida otra vez, con una sonrisa en la cara, miles de planes e ideas, junto a una de esas personas. Inocentemente, tanto que llega a la estupidez, bajáis la guardia que os habíais prometido fortalecer cada día, pensando que ya nadie puede haceros daño, porque sois felices.
A vuestro alrededor todo es maravilloso, tenéis los mejores amigos que podíais pedir, acabáis de empezar unos estudios que os hacen ilusión y la persona más maravillosa del mundo, la has encontrado, y está a tu lado siempre que puede.
Nada podía estropearse, o al menos eso creíais. Porque en vuestra estúpida inocencia no habéis visto como la persona que más queréis, ha ido dandoos pequeños empujones, apartando vuestras vidas, una de la otra. A vuestro alrededor silba el viento del acantilado, que no queréis oir. Pero antes de daros el empujón definitivo, ha tensado su brazo y os ha abrazado. Sonreís de nuevo, porque habéis descubierto lo agradable que es.
Pero luego os levanta en volandas y os lanza con fuerza, con un par de pesas atadas en los pies, como si quisiera evitar que huyerais volando. Sobretodo imaginad con fuerza esa caída y todo lo que conlleva.

Ahora estoy cayendo. Cayendo sin creermelo. Porque en realidad estoy segura de seguir allí arriba, sonriendo, murmurando, oliendo, bromeando, gritando.
Entonces me doy cuenta de que no hay suelo bajo mis pies y comprendo porqué tengo esta sensación tan extraña en el estómago y el pecho.
Sé que cuando llegue al suelo, no voy a hundirme quedando atrapada en el suelo. Sé que abajo están mis amigos, sujetando entre todos, y perfectamente aunque sean pocos, una de esas lonas y una vez me hayan salvado, se lanzarán sobre mí en un gran abrazo.
No puedo faltarles al respeto y decir que todo se ha acabado, porque ellos siguen ahí. Pero también saben que tengo unos límites y los sobrepasé hace mucho camino.
Hay pocas cosas en las que pueda resguardarme y esconderme, porque todas las he compartido y ahora sólo empeoran las cosas.

Me sorprendo a mi misma imaginando estupideces y me maldigo. Tomo apuntes aunque sepa todo perfectamente, de otros años y tenga apuntes mucho mejores en casa, para mantener la mente ocupada en redactar a un ritmo exageradamente rápido. En otras clases en las que debería prestar atención, me disperso y pienso cosas sin sentido, sin darme cuenta.
Miles de cosas van desapareciendo en un cajón. Me gustaría que lo hicieran del todo. Junto con los recuerdos y las lágrimas.
Me gustaría no sentirme tan estúpida, pequeña y vacía.
Quisiera recuperar mi vida. Quisiera volver a sonreír. Pero soy incapaz de imaginar mi vida, tal como se me presenta, y alegrarme.
Estoy atrapada y no tengo fuerzas para buscar la salida.

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