24 de marzo de 2004

Algunas personas nunca cambian, otras sí....

Esta frase aparece en la portada del primer libro de Animorphs: "La Invasión". A la inmensa mayoría de vosotros, si este nombre le suena, será por la pésima serie de TV que hicieron y que creo firmemente que fue la culpable de que tan poca gente leyera los que han sido unos libros tan sumamente importantes para mi y para algunas personas que he conocido.
Fueron otra de las cosas que me animó en aquel fatídico año. Me hacían sonreir, imaginar y pasar buenos ratos entre tanta mierda.
Precisamente por pocos lectores, esta serie de 54 libros y unos... 10 más fuera del eje cronológico, se dejó de publicar en el número 25.
A partir de ese momento, se acentuó el número de marchas del canal. En ese canal he pasado algunas de las mejores-tardes noches de mi vida. Igual que las que pasaba leyendo los libros o leyendo los fan-fiction que escribían mis amigos.
Incluso pensamos escribir uno conjunto, en el que los animorphs buscaran ayuda en nuestro país. No se llevo a cabo. Sólo uno de nosotros terminó su fanfic y no lo he leido entero.

Estos días los he recordado. Echo de menos ir a la librería cada mes a buscar una nueva aventura de Marco, Jake, Ax, Tobias, Cassie y Rachel. Sé más o menos como acaba, pero no es comparable a leer los más de 20 libros que me faltan.
Aún tengo el número 26 por traducir. Y creo que estoy "despedida" de la web donde empecé a colaborar para hacer traducciones, porque no he tenido tiempo de seguir.
Hoy en clase de filosofía se me ha ocurrido esto.. no creo que llegue a ser un fan-fiction en toda regla porque seguro que no lo termino. Pero me ha hecho ilusión escribirlo, usando con todo respeto a mi adorado Marco. Espero que os guste y que destripeis sin ningún escrúpulo. Sinceridad ante todo.

Giro la cabeza y miro por la ventana. No es una de esas ventanas que están tan altas que tienes que destrozarte el cuello, y sólo puedes mirar al cielo. Esta es como la de las películas y los libros, está a una altura idónea para observar lo que pasa justo debajo de ti, sin que el profesor se de cuenta.
Echo en falta el enorme eucalipto cuyas ramas me tapaban la visión del cielo cuando miraba a través de la enorme ventana con persianas fijas de mi antiguo colegio, pero poder seguir el partido de hockey de la clase de educación física, o mirar a la gente pasar al otro lado de la valla, lo compensa.
Sigues con la mirada a todas personas, sabiendo que cada cual tiene su historia, totalmente vedada para ti, desde tu dura silla, pero puedes intentar imaginarla.
Esas vidas que sueñas, siempre son mucho más emocionantes que la tuya, esas personas tendrán cosas que contar, algo de lo que sentirse orgullosos. Mientras tú, como mucho puedes hablar con un acento horrible y ser víctima de exageradas miradas de ascensor mientras intentas hacer amigos y sacar el curso adelante.
Esas vidas nunca tienen que afrontar problemas tan insignificantes realmente, pero que tanto nos afectan cuando los vivimos, especialmente a los adolescentes. Sus problemas siempre serán merecedores de alguien que escuche interesadísimo para luego contarlo a todo el mundo, haciendo saber que eres maravilloso, que eres un héroe.
Hoy está nublado, me gusta tanto como los días soleados, incluso más, no suele hacer tanto calor. Preferiría estar en cualquier lugar antes que en esta aula.

-Perdona…eras…¿Ana? – Una voz masculina me devuelve a la silla. Le miro, le he visto antes, lo sé. Sí, me ha ayudado esta mañana a encontrar la clase. Supongo que intentaba ligar, sería muy difícil encontrar a alguien que lo hiciera desinteresadamente, y parece que va a confirmármelo ahora mismo. Creo recordar su nombre, se llama Marco.
No debe ser más alto que yo, lo que le califica de bastante bajo. Su piel es muy morena y su pelo, liso y que llega hasta sus hombros, es castaño oscuro. Su sonrisa hace pensar que es el típico chico con el ego por las nubes, que no sabe cuando mantener la boca cerrada. Además, es muy guapo.
Asiento ligeramente. Él sonríe.
Prefiero no juzgarle por lo que parece, aunque la experiencia me dice lo contrario. Pero ha sido amable conmigo hace un rato.

Mi padre me ha traído en coche por ser el primer día en el nuevo instituto. Normalmente no podría, entra a las ocho a trabajar, pero hoy le han dado permiso para retrasarse un poco, a pesar de que también es su primer día.
Ayer por la tarde estuvimos hablando con la directora, que me dio la bienvenida, se ofreció a ayudarme si tenía problemas para adaptarme, me dio mi horario y un panfleto sobre las actividades extraescolares.
Delante del instituto había muchos alumnos parloteando y bostezando. Yo entré directamente pensando que quizá tendría problemas para encontrar el aula, y vaya si los he tenido.
Miré el horario, Biología en el aula D-7. La directora debería haberme dado un plano.
Al menos encontré mi taquilla en sólo diez minutos, la número 737.


Siempre me había hecho gracia ver las taquillas de los institutos americanos en la televisión, pero el año pasado nos mudamos a los USA y pude tener una. Este año hemos vuelto a mudarnos, pero no puedo deciros donde, sería muy peligroso, ni siquiera voy a deciros mis apellidos y debéis dudar de la veracidad de todos los nombres que leáis, ya que serán falsos en su inmensa mayoría. No puedo arriesgarme a que nos descubran, ya saben bastante.

Aproveché para dejar parte de los libros en la taquilla, mi espalda lo agradecerá algún día. Entonces, alguien chocó conmigo, haciendo que me golpeara la cabeza con el borde de la puertecita metálica. Me froté el lugar del golpe, al menos parecía que no tendría un chichón. Me giré enfurecida dispuesta a comprobar si los órganos vitales de quien me había empujado eran capaces de funcionar con los lugares intercambiados.
Era un chico, y estaba en el suelo, podría haberle dado un rodillazo en la nuca, pero me pareció poco deportivo.
Miré hacia donde había venido, un tipo enorme venía hacia nosotros. El chico se levantó y para mi sorpresa, se puso detrás de mí, le oía respirar con dificultad, había venido corriendo, seguramente huyendo del mastodonte.
-Eres un maldito cobarde Marco-rrones – se rió - ¿Ahora te escondes detrás de las chicas?. Apenas vocalizaba, y dudé que supiera muchas más palabras que esas. Pensaba que este tipo de gente era autóctono de mi país y no había llegado a extenderse.
Se alejó.
Cerré la taquilla y me dispuse a comenzar la aventura de “Encuentra tu propia clase”, pero el tal Marco-rrones me interrumpió.
-Hola… ¿eres nueva?
-Sí – seguí caminando. Se puso a mi lado y miró el horario.
-No podrías ocultarlo aunque quisieras, la D-7 está en sentido contrario. Deberías dejar que un caballero como yo te acompañara.
Lo que me faltaba, y no sabía como librarme de él sin parecer maleducada, ante todo hay que conservar la dignidad. Continuó hablando con ese gesto de superioridad.
-Me llamo Marco – dice – la gente me llama Marco el Magnífico, el Increíble Marco, aunque las chicas suelen llamarme ricura. ¿Y tú te llamas….?
No puede hablar en serio, no puede creerse todo eso que sale de su boca, pensé.
-Ana.
-Ven, te acompañaré a clase. El sistema de nomenclatura y numeración de las aulas lo inventó el subdirector, que no está muy en sus cabales. Verás, el instituto tiene 3 pisos, las clases de la plata baja, corresponden a la letra C.
Ahora estamos justo en el centro, a la derecha-hace un gesto con el brazo- tienes las clases de numeración par, hasta la número 10. Las de la segunda planta, se dividen en dos bloques, las de la derecha con la letra A, numeradas hasta el 8. Las de la izquierda, son la letra B y son hasta el número 9. El tercer piso, son la letra D, hasta la número 16.
Así que tú tienes que subir al tercer piso, huuuum, la 7… creo que es la tercera a la izquierda. Te acompañaría pero llego tarde y no puedo permitírmelo si no quiero otro suspenso. Hasta luego.
Ahora ha aparecido a mi lado justo antes de la clase de lengua.
-¿Está ocupado? – señala la silla a mi lado. Creo que no me apetece tenerlo a mi lado, es tan creído…
Está a punto de empezar la clase, el profesor no ha llegado pero sí la mayoría de los alumnos, o al menos lo parece porque no quedan apenas sitios libres. Casi todas las chicas me miran. Unas se ríen con desprecio, algunas me miran con odio, y me parece incluso ver una mirada de compasión de una chica negra de pelo muy corto y vaqueros estropeados. Parece ser que ha interpretado mi silencio como un “No, puedes sentarte” porque para cuando me doy cuenta está recostado en la silla y ha sacado su libro.


Me he acordado de mis primeros días en esta ciudad, la ciudad desde la que intentamos salvar al mundo.
A partir de ese día, de encontrarme con Marco, las cosas se han ido complicando. Me quejaba de la monotonía. Ahora la añoro y temo por mi vida y la de mis amigos demasiado a menudo. A veces me gustaría no haber sabido nunca la verdad, haber seguido con mi aburrida vida, en su feliz ignorancia. Pero, aunque todos los días pasa por mi cabeza la terrible pregunta: ¿Y si perdemos? También siento que al menos no será porque no hemos luchado. ¿Cuándo piensan venir los andalitas? Algún día, dijeron.







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